Por qué importa la privacidad.
Cierras la puerta para ir al baño. No le hablas a tu banco de tu salud, ni a tu médico de tu dinero. Nadie llama a eso ocultarse. Y sin embargo, cuando sale el tema del rastreo, puede que alguien diga: «No tengo nada que ocultar». Quien lo dice suele referirse a algo razonable. Si no has hecho nada malo, un registro de lo que haces no puede perjudicarte, así que dejar que otros miren no te cuesta nada. Ese razonamiento da por hecho que tus registros muestran solo lo que crees que muestran, que quienes los lean harán una lectura justa y que los registros se quedan donde los dejaste.
La privacidad pone reglas sobre quién puede leer un registro
Cualquiera por cuyas manos pase una postal puede leerla. Una carta cerrada lleva consigo una regla sobre quién puede abrirla. La privacidad funciona como el sobre. Fija las condiciones: quién puede ver un registro, con qué fin, durante cuánto tiempo y con permiso de quién.
El voto secreto descansa en la misma idea. Un voto que se puede vigilar se puede comprar o castigar. Ese razonamiento explica, en parte, por qué la cabina tiene cortina.
El argumento de no tener nada que ocultar solo mira lo que contiene un registro. Una lista de horas, lugares y compras puede no contener nada vergonzoso y aun así valer dinero para gente que nunca te conocerá. Lo que pase después depende de quién lea la lista.
Los datos corrientes pueden identificar a una sola persona
Un formulario te pide tu código postal, tu fecha de nacimiento y tu sexo. Ninguno de esos datos parece un secreto.
Con cada dato, la multitud se reduce. Empieza por todas las personas que comparten tu código postal, quédate con las que tienen tu misma fecha de nacimiento y, después, con las de tu sexo. A partir del censo de un país grande, unos investigadores estimaron que esos tres datos juntos identifican de forma única a casi dos de cada tres personas. Para eso no hace falta ningún nombre. Una segunda lista que sí incluya nombres puede vincular esa coincidencia con una persona. Así que, cuando te digan que unos registros están anonimizados, puedes preguntar si todavía conservan un código postal, una fecha de nacimiento y un sexo.
Un registro también puede sugerir lo que nunca pusiste en él. En un estudio, un modelo que solo contaba con las páginas a las que la gente había dado me gusta adivinó su orientación sexual, su religión y sus ideas políticas con mucho más acierto que el azar. Menos de uno de cada veinte usuarios gais había dado me gusta a una página explícitamente gay, así que, con la mayoría de ellos, el modelo solo tenía otras páginas en las que apoyarse. Una conjetura que supera al azar puede equivocarse con cualquier persona concreta, y aun así quizá alguien actúe basándose en ella.
Quien lee un registro decide qué significa
Imagina todas las búsquedas que hiciste el año pasado, impresas sin ninguna explicación y dejadas sobre la mesa de tu jefe, de tu familia y de tus amigos. El síntoma que buscaste para un amigo ahora parece tuyo. Nada de lo que hay en esas páginas es un delito.
El argumento da por hecho una lectura justa, que vea que eres inocente y te deje en paz. Un registro guarda lo que compraste, adónde fuiste y a quién llamaste, y a menudo deja fuera el porqué.
A veces quien lee el registro tiene sus propios fines. Durante una guerra en la década de 1940, las respuestas a un censo, dadas con carácter confidencial, ayudaron a un gobierno a localizar dónde vivían las familias de un mismo origen. Esas familias fueron obligadas a abandonar sus casas. Las respuestas se dieron para contar. Se usaron para encontrar.
Los registros pueden seguir circulando después de entregarlos
Si no te importa que te vean porque no haces nada malo, estás apostando por quien tiene hoy tus registros. Quizá sea una apuesta razonable. Esos mismos registros pueden estar en otro sitio el año que viene. La empresa que los guarda puede venderse, con registros y todo. Una ley nueva puede cambiar lo que se considera malo.
Durante la pandemia se recogieron registros de visitas a locales para combatir un virus, con la promesa de que no se usarían para nada más. Más tarde, la policía de más de un país usó algunos de ellos.
Los registros sobre personas también están a la venta. En un informe, se pidió a 37 corredores de datos información sobre personas con problemas de salud mental. Once estuvieron dispuestos a venderla.
Cuando una empresa de pruebas genéticas quebró, un tribunal aprobó la venta de los datos genéticos de sus clientes junto con el resto del negocio. Antes de enviar una muestra, puedes leer lo que dice el servicio sobre qué pasa con tus datos si la empresa se vende.
Unos investigadores usaron un modelo para estimar que, cuando una base de datos de ADN cubre alrededor del 2 por ciento de una población, casi cualquier persona de esa población tiene en la base de datos a un primo tercero o a un pariente más cercano. Supón que nunca enviaste una muestra. Un primo tuyo, sí.
Vigilar a todos puede aportar poco para encontrar a unos pocos
Quienes defienden vigilar a todo el mundo dicen que hay que encontrar a quien pretende hacer daño, y que quien no ha hecho nada malo pierde poco si lo observan. En lo primero tienen razón. Existe una vigilancia dirigida y legal, que parte de un motivo para mirar a una persona concreta, y puede ser útil. Lo que está menos claro es qué añade recoger los registros de todos y qué les cuesta a todos los demás.
Dos revisiones distintas examinaron un programa que recogía los registros de llamadas de millones de personas. Un organismo de supervisión no tenía constancia de ningún caso en que el programa hubiera ayudado directamente a descubrir un complot terrorista desconocido o a detener un atentado. Un comité de revisión concluyó que lo que aportaba el programa no era esencial para prevenir atentados, y que podría haberse obtenido a tiempo con órdenes judiciales específicas.
Imagina un millón de personas, diez de las cuales planean hacer daño, y un filtro que acierta 99 veces de cada 100 con cada persona. Marcaría a unas diez mil personas inocentes, además de prácticamente los diez casos reales. Cada caso real llega acompañado de unas mil personas inocentes. Son cifras inventadas para mostrar la aritmética. El mismo razonamiento vale para cualquier control que se aplique a todo el mundo. Si los casos reales son muchos menos que los errores del control, la mayoría de las personas que marca son inocentes. No hace falta ser sospechoso para que te marquen. Basta con estar entre las personas que revisa.
Que te marquen por error no siempre se queda en una segunda mirada. A algunas personas las han detenido después de que un programa de reconocimiento facial eligiera la cara equivocada.
Saber que quizá te vigilan puede cambiar decisiones lícitas
En un gran experimento de campo, se enviaron por correo a ciertos hogares listas que mostraban si sus ocupantes y sus vecinos habían votado en elecciones anteriores, con la promesa de enviar una lista actualizada después de las siguientes. En unas elecciones primarias de un estado, la participación en esos hogares fue 8,1 puntos porcentuales más alta que en los hogares que no recibieron nada, y algunos destinatarios reaccionaron con enfado. Mucha gente vería con buenos ojos que se votara más. Lo único que muestra el experimento es que la gente cambió un acto corriente y lícito en cuanto supo que sus vecinos lo verían. Lo que votó cada persona se quedó detrás de la cortina.
Saber que quizá te observan también puede cambiar lo que la gente lee. Un artículo sobre un atentado del que hablan las noticias, o sobre cómo funciona un arma, puede parecer sospechoso fuera de contexto. Tras las revelaciones sobre vigilancia de 2013, un estudio halló que la media de visitas mensuales a artículos de una enciclopedia en línea sobre temas que podían parecer sospechosos cayó alrededor de una quinta parte en los meses siguientes. Un estudio distinto encontró menos búsquedas de términos que, a juicio de la gente, probablemente le traerían problemas. Cada resultado procede de un solo estudio, así que toma los dos como una pista.
Compartir es fácil de aceptar y difícil de ver
El beneficio de compartir llega ahora, en forma de un pago más rápido o de un mapa que ya sabe dónde estás. El precio, si lo hay, puede llegar más tarde, en otra parte y sin que lo veas. La comodidad tiene un valor real, y puede que aun así decidas que el trato vale la pena.
El diseño de un aviso de consentimiento también puede condicionar la elección. En un pequeño experimento, quitar el botón de rechazar de la primera página del aviso aumentó la aceptación en más de veinte puntos porcentuales.
Y también puede hacerlo el punto de partida. Un experimento de campo dio a elegir a personas que estaban de compras entre una tarjeta de regalo de 10 dólares no vinculada a su nombre y otra de 12 dólares que sí lo estaría. Cerca de la mitad de quienes empezaron con la tarjeta anónima se la quedaron, y renunciaron así a dos dólares más. De quienes empezaron con la tarjeta vinculada, menos de una de cada diez pagó dos dólares por cambiar. Todas eran mujeres que compraban en un mismo centro comercial, había poco en juego y el orden en que se describían las opciones también cambiaba las decisiones. Juntos, los dos resultados sugieren que el punto de partida pesó más que los dos dólares. Lo que no hacen es ponerle precio a la privacidad.
En otro experimento, 543 estudiantes de una misma clase se unieron a una red social ficticia. Tres de cada cuatro se saltaron su política de privacidad. Quienes la abrieron le dedicaron, en promedio, alrededor de un minuto, para un texto cuya lectura se estimaba en media hora. El 98 por ciento pasó por alto unas cláusulas según las cuales sus datos se cederían a su empleador y a una agencia de inteligencia, y ellos entregarían a su primogénito. Para los estudiantes no había nada real en juego. El estudio muestra que la gente acepta más de lo que lee, y nunca puso a prueba qué elegiría después de una lectura atenta.
En una encuesta nacional, más de la mitad de los encuestados habían aceptado que tenían poco control sobre lo que las empresas de marketing llegan a saber de ellos. La resignación puede ser una respuesta razonable ante un sistema en el que el control es difícil de encontrar. Aun así, vale la pena revisar tus propios ajustes.
Los permisos de una aplicación son un buen primer paso
Si quieres dar un primer paso, abre los permisos de una aplicación que uses a diario. Desactiva el acceso a la ubicación, los contactos o las fotos allí donde la aplicación no lo necesite. Así limitas lo que esa aplicación puede recoger a partir de ahora. Lo que ya tiene, se lo queda. De paso, fíjate en qué venía ya activado cuando la instalaste.
Si te ocupas de las cuentas de otra persona, como la cuenta escolar de un hijo o el teléfono de tu madre o de tu padre, pregúntale qué quiere mantener en privado y deja que decida. Tu papel es enseñarle dónde están los ajustes.
Para una versión más extensa del argumento, lee Privacy Guides sobre por qué importa la privacidad, una guía independiente escrita por personas que no ganan nada con lo que recomiendan.
Una afirmación que ves u oyes una y otra vez empieza a parecer más cierta, lo sea o no. Eso vale también para las afirmaciones de esta página, así que comprueba lo que puedas. Para ver qué rastrea un sitio web, pega la dirección de este sitio, o la de cualquier otro, en Blacklight, una herramienta gratuita que muestra los rastreadores que carga cada sitio.
El argumento de no tener nada que ocultar parte de alguien que no hace nada malo, y esa persona puede reclamar con razón que la dejen en paz. La próxima vez que un formulario te pida tres datos cotidianos, ¿qué querrías saber antes de responder?
Siguiente lectura: Cómo funciona el bucle. Esta guía desmonta el embudo de los gurús, etapa por etapa.